Viva Zapata

«A Candelario Quintana le queda poco» dice Lino Esparza. Y es que parece que el secuaz se ha cansado de estar bajo la sombra del narco y tiene intención de quitárselo del medio para convertirse en el nuevo dueño y señor de Ciudad Jiménez.

Don Candelario Quintana asegura que Lino es «perro ladrador, poco mordedor», pero el profesor Uribe no se fía ni un pelo de él. Uribe se encuentra esperando en la mansión de los Quintana mientras esperan conocer la nota del examen de filosofía de Beto, el hijo del narco. La mujer de don Candelario, Silvina, y el profesor Uribe pasan la mañana hablando de las reglas no escritas de Ciudad Jiménez: «Aquí en México, a la gente no la matan, solita se muere». Uribe no puede creer lo que escucha. Aquel lugar, aquella casa, va aumentando en peligrosidad. La mañana se hace larga y el profesor cuenta los minutos para salir de ahí.

Al mediodía por fin reciben la nota. Beto ha aprobado. Parece que todo por fin ha terminado pero don Candelario es un hombre tan vengativo como agradecido. Y el agradecimiento de don Candelario, nadie lo rechaza. Uribe se ve obligado a acudir esa misma noche al Viva Zapata, un téibol mexicano en el que conocerá al motivo de todos sus problemas: Sandra.

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